martes, 29 de septiembre de 2020

Emprender el viaje

 


Cuando tenía 7 años, veía las noticias acerca de la guerra de Malvinas y se me mezclaban el horror de la guerra, mi incapacidad para comprender un acto humano tan aberrante y un sentimiento de nacionalismo incipiente fruto de mi corta edad y mi más corto aún conocimiento real de la situación de las islas y el país. 

A mis once, lloraba como loco mientras veía al Diego levantando la copa del mundo en México '86. Tanto, que a mi viejo no le quedó otra opción que llevarme a la avenida principal con mi banderita de Argentina a sumarme a los festejos.

Ya con mis 18, trabajaba por mi cuenta y lograba avanzar varios casilleros gracias al 1 a 1, aunque me llevó varios años entender que lo bueno dura poco y por qué. 

Para mediados de 2000, ya con 25, no había excusas para no estar al tanto de la realidad y tomar acciones en consecuencia. Así que me hice cargo de la oportunidad que la vida me presentó y allá fui, a grabar mi primer disco de la mano de mi padrino, Horacio Guarany. 

Claro que ni mis 25 años, ni mi experiencia de vida ni tampoco mi curiosidad política me sirvieron para anticipar lo que vendría en 2001.

Y allá volaron, junto con el helicóptero, mis posibilidades de tener una carrera artística exitosa. 

Pero la culpa nunca fue del gobierno. Ni siquiera en ese catastrófico momento, ni después, en tooodas las repetidas crisis que hemos atravesado y que han dejado por el piso montones de proyectos, sueños, esperanzas e ilusiones.

No. La culpa siempre fue mía por seguir creyendo que, algún día, la cosa iba a mejorar.

El golpe en la nuca con un bate de béisbol vino en 2011, cuando murió mi viejo.

Mi papá siempre fue un emprendedor. De la vieja escuela. De esos que se formaban sin ninguna academia más que la de la vida misma. Trabajó desde muy joven hasta su mediana edad, cuando pudo abrirse camino como techista y trabajar por su cuenta. Y fue tan bueno en eso que lo llamaban para arreglar lo que otros habían hecho mal. Fue tan bueno en eso que no faltó nunca, ni siquiera el 20 de mayo, día del cumple de mi vieja, cuando todos le pedíamos que no fuera, que se quedara. Pero no, la responsabilidad estaba primero. Y mi hermano mayor no estaba en condiciones de hacerse cargo del trabajo todavía. 

Así que fue igual. 

Y yo que siempre aprovechaba la oportunidad para pasarme a la cama de mis viejos, recuerdo como si fuera hoy cuando vinieron a avisarnos del accidente. El techo húmedo, dijeron. Se resbaló, nos explicaban. La cosa es que mi papá se cayó desde la cumbrera de un chalet de dos plantas y aterrizó sobre una montaña de escombros.

Un pulmón menos, 7 costillas rotas y los nervios y tendones de su brazo derecho totalmente destrozados.

Varios meses, cirugías y sesiones de rehabilitación después, allá iba mi viejo, emprendedor como manada de toros, a buscar laburo de lo que fuera. Como podía, como había hecho siempre. Incluso cuando se vino con mi mamá y mis dos hermanos del Uruguay, con lo puesto y sin saber qué iba a encontrar en esta nueva tierra argentina.

Y así pasó la vida mi viejo desde su accidente cuando yo tenía 5 o 6 años, hasta que murió a los 76, mientras repartía diarios con su bicicleta y seguía esperando "que la cosa mejore".

Fue entonces cuando algo adentro mío se rompió. No sé exactamente qué fue pero algo se hizo trizas.

No podía concebir que la vida de una persona se pase de esa manera, "esperando que la cosa mejore" y resulta que la cosa no mejora nunca, es más, cada vez está peor. Y ya no depende de las ganas o la garra que uno le ponga porque es imposible cambiar la mentalidad de los demás y hacerles ver a quienes conducen los destinos de un país, que hay gente que se muere esperando que la cosa mejore. Y con esa gente mueren sueños, proyectos, ilusiones y esperanzas tan válidas y genuinas como las de cada ser humano en el planeta.

A pesar de ese click (o crack) que ocurrió dentro mío, seguí remando y buscando la manera de lograr mis proyectos, de ganarme la vida haciendo lo que tenía ganas de hacer y para lo que me sentía preparado. A pesar de todo seguí haciendo caso de mi corazón, aún cuando una y otra vez me encontrara con una pared que cinco segundos antes no estaba allí.

Y no era la ingenuidad de avanzar con algo aunque todo te dijera que no lo hicieras. No. Esas paredes aparecían de repente, porque a alguien se le ocurría hacer o no hacer algo que nos dejaba otra vez a todos patas para arriba y como los indios: en bolas y a los gritos.

Nunca me gustaron las sorpresas. Ni siquiera las lindas. Me ponía de muy mal humor cuando llegaba una visita inesperada. Tampoco quería una vida estructurada y rutinaria. Solamente quería poder proyectar algo y cumplirlo. No me parecía algo tan descabellado y, de hecho, veía que en otros países era de lo más normal.

Así que más de una vez hice y deshice mentalmente las valijas para llevar mis sueños y proyectos a otros horizontes, a otros rumbos donde tal vez esas paredes repentinas no existieran, donde si uno estaba por chocar con un muro, pudiera verlo de lejos y esquivarlo.

Pero todas las veces me quedé. Aunque me mudé tantas veces como años tengo, pero nunca salí de acá. Del país donde la cosa nunca mejora.

Algunos sueños los cumplí, pero a medias, a regañadientes, siempre faltándome dos para el peso. Y así un día me dí cuenta que ya había pasado más de la mitad de mi vida, siempre y cuando viviera hasta los 80 por lo menos. Y que, por triste que sonara y por mucho que doliera, acá nada iba a cambiar porque una buena parte de los argentinos tiene esa rara costumbre de, cuando ve el fondo del pozo, ponerse a cavar en vez de mirar hacia arriba.

Donde no hay una pared, la inventamos. Donde hay un camino llano y parejo, ponemos piedras, miguelitos, lomos de burro, con tal de que avanzar sea la tarea más jodidamente imposible que se nos pueda presentar en la vida. Ni Leónidas con sus 300 espartanos podría sortear la catarata de obstáculos que tiene en este país cualquiera que quiera emprender un proyecto.

Excusas, ideologías obsoletas, discursos vetustos y oxidados son mercadería de primera línea en un país que tiene la capacidad humana y el talento como para igualar a cualquier nación del primer mundo.

Pero no. Seguimos debatiendo si el aguinaldo es de los radicales o de los peronistas, una discusión que se puede zanjar fácilmente leyendo el Boletín Oficial.

Así que acá estoy, a un par de meses de mis 46, con los mismos proyectos y sueños, las mismas ganas, aunque debo reconocer que ya no las mismas fuerzas, pero recordando el ejemplo de mi viejo, de darle para adelante a pesar de todo y de todos. Ya no voy a esperar más que la cosa mejore. Sé que no va a ser así.

Mis valijas están hechas otra vez. Pero esta vez además de las de mi mente, también están listas las que guardaba en el ropero.

Mundo, allá vamos.

 

Cascabeles y luciérnagas



 

 

 Alguno de ustedes estará intentando unir mentalmente las dos imágenes mencionadas en el título y, quizá, preguntándose qué tienen en común.

Un cascabel emite un sonido corto y dulce. De la misma forma, una luciérnaga produce una hipnotizante y breve luz. Ambas cosas nos remiten a momentos felices de nuestras vidas. El cascabel presente en más de un juguete cuando aún nos mecían en la cuna y, más tarde, el espectáculo de las luciérnagas que solíamos disfrutar en las cálidas noches de verano siendo niños.

Las dos situaciones forman parte de aquellos momentos que disfrutábamos con asombro y curiosidad pero sin la necesidad de comprenderlos.

De bebés, el cascabel nos envolvía en la mágica sensación de un nuevo descubrimiento. Algo que no entendíamos pero que nos provocaba alegría. Y ya de niños, las luciérnagas eran una deslumbrante maravilla que no necesitaba explicación científica, sino que estaba allí para nosotros, como un regalo del universo, simplemente para ser los asombrados espectadores.

Tanto el cascabel como las luciérnagas nos remiten a momentos felices; a breves instantes que sólo podían percibirse gracias a que se repetían una y otra vez.

Y aquí entonces, corresponde preguntarnos si tal vez la felicidad sea precisamente eso, una continuada reiteración de pequeños eventos que nos hacen sonreir. Pequeños y breves instantes que, sumados, se transforman en un momento feliz que luego atesoramos en nuestro ser.

Y entonces una nueva pregunta surge obligada: ¿alguna vez notaron ustedes que los momentos felices nos quedan grabados en el alma?

Seguramente no. Porque forma parte de un proceso natural que damos por descontado. Y seguramente muchos dirán que los momentos difíciles o tristes son los que nos marcan pero permítanme disentir.

En mi humilde experiencia, los momentos duros, angustiantes, dolorosos, son los que nos posibilitan aprender, o al menos así debería ser. El dolor debe ser un maestro que nos impulse a la adquisición de un conocimiento aún mayor, pero nunca debería ser un impedimento para que avancemos y continuemos con nuestro camino, porque el viaje no se detiene. Transcurrimos en las vidas de manera constante, como el inmutable transcurrir del universo, con sus astros en movimiento permanente, expandiéndose a cada milésima de segundo de un tiempo inexistente y eterno.

De la misma manera que la luciérnaga repite una y otra vez la mágica chispa incandescente, nuestro ser reitera su existencia una y mil veces en el constante discurrir universal.

Sin embargo, existe una gran diferencia entre las luciérnagas y el cascabel. Mientras que unas esparcen naturalmente su luz por el entorno, el otro necesita de la mano que lo agite.

Entonces, guardemos bien profundo esta enseñanza. Seamos libres, conscientes de nuestra existencia universal. Dejemos que el fluir natural del universo nos envuelva y nos transporte a nuevos y mágicos mundos. Absorbamos la alegría dispersa en el espacio, como la luz de las luciérnagas. Y cuando aunque sea por un instante algo opaque ese brillo, seamos como la mano que sostiene el cascabel y sacudámonos el alma hasta volver a ser esa tintineante e infinita luz que somos por naturaleza.

Ustedes pensarán que no es fácil. Y, sin embargo, es más simple de lo que parece. Si tan sólo entendiéramos que la vida, esta vida,  es un viaje, un juego, una realidad irreal que solo representa un minúsculo intervalo de nuestra infinita existencia y que luego habrá otras vidas como las hubo también antes; que somos viajeros estelares a los que se les ha otorgado el privilegio de compartir este mundo, en este preciso y efímero momento. Si comprendiéramos esto, ya nada podría lastimarnos ni detenernos. Seríamos livianos como semilla de Olmo en el viento; fluiríamos convertidos en luz y tal vez contagiaríamos a otras luces para que pudiesen mostrar su propio brillo y formar así la más grande constelación de resplandecientes sonrisas universales.

Sólo depende de nosotros.

Podemos elegir creernos esta puesta en escena que llamamos "vida" y empantanarnos en el barro de la exasperante cotidianeidad o bien, abrirnos a la verdadera VIDA universal, infinita, mágica y brillante.

Es nuestra elección. Podemos ser el oscuro guijarro de un presente que no es cierto, o el destello cósmico que conforma nuestra verdadera esencia. Yo digo que seamos eternamente niños. Asombrados, maravillados, omnubilados por la majestuosidad de cuanto nos rodea y sin ninguna necesidad de explicarnos aquello que simplemente ES.

Yo digo que seamos luz y seamos sonrisas. 

Yo digo que seamos cascabeles y luciérnagas.